En los recientes días las redes sociales se han inundado de vídeos y fotos de dos cosas que han enfurecido a lo que algunos llamarían la mayoría de nuestro país. Podría argumentarse si realmente es la mayoría o simplemente aquellos que parecen “gritar“ más alto. Tal vez porque sus voces tienen acceso a foros que otros no tienen, tal vez porque sus voces ya no quieren hablar y comentar calmadamente lo que les frustra y enfurece. Tal vez porque realmente su coraje e indignación por tanto tiempo ha causado un cansancio en el que finalmente ya los filtros y tapujos quedan a un lado.
Con mucha tristeza veo un vídeo de cómo en una sala de emergencias, un lugar que debe ser sagrado, de absoluta seriedad y respeto debido a que se supone que lo que se maneje en la misma sean situaciones que representen un potencial riesgo a la vida del paciente, se da una situación triste, que aunque muchos se alegran de ella, yo particularmente siento verguenza y gran tristeza al verla. Y lo más confuso es que de alguna extraña manera, siento exactamente esos mismos dos sentimientos por las dos partes involucradas en esa escena. Imagino que en este punto ya saben al incidente del que me refiero. Una doctora gritando adjetivos que más bien podrían calificarse de insultos a una persona que no se puede apreciar en el vídeo pero cuya voz se escucha de fondo en el mismo contestando en voz alta y en tono retante a la doctora. De un lado, la doctora, con una educación universitaria que sólo algunos poseen, actuando, bajo coraje, tal vez como una persona sin educación alguna y con muchos prejuicios y del otro, la paciente, respondiendo con un comentario que refleja, por un lado el cansancio de ser mal tratada como paciente, y por otro, el hecho de que parece ignorar las responsabilidades de todo paciente y parece ignorar por completo que además de derechos, también se tienen responsabilidades y reglas a seguir en nuestro rol de pacientes. Pero como pasar juicio sobre las acciones representadas en ese vídeo no es la idea de este escrito, y como de todos modos no se tiene la historia completa porque sólo se presenta una parte de la discusión, y particularmente enfocándola en una sola de las partes, y aunque estas escenas y actitudes humillantes y clasistas nunca deberían darse, la realidad es que cualquier pesona bajo ciertas circunstancias, puede perder la tabla y decir cosas terribles. Si no lo cree posible, piense en las veces que usted puede le haya dicho algo hiriente, humillante o insultante a un ser querido bajo coraje para 5 minutos después sentir el peso del veneno que acaba de salir de su boca. Claro está, que de igual manera, lo correcto cuando ocurren estas cosas es disculparse... pero bueno, cada loco con su tema.
Y días después veo como sigue el vídeo reproduciéndose cada vez con más intensidad y con más comentarios que parecen estar a favor y tomando el lado de una de las dos personas involucradas. Mi pensar es que en general, los comentarios y el lado del bando en que sus contactos van a estar dependerá en gran medida del bando al que usted pertenece. Si, bandos, mi gente. Porque creo que al fin llegué a una conclusión que al menos ayuda a mi mente a hacer algún sentido de esta situación, y de cómo la famosa noticia de que vivienda de lujo estará disponible a un costo ridículamente bajo para personas de escasos recursos económicos han causado tanto revuelo. Y es que, nuestro país está dividido en dos. La clase trabajadora y la clase no trabajadora. Los que un bando llaman riquillos y los que el otro llama mantenidos y vividores.
Me refiero a la clase trabajadora y la no trabajadora porque me rehúso a utilizar la palabra pobreza de manera tan ligera. Porque la realidad de mi país es que aún gran parte de la clase trabajadora de mi isla, de la clase que sale todos los días a ganarse el pan sintiendo la honra de que su trabajo compone y construye algo en el país en que vive, también es POBRE. Pobre no es sólo aquel que vive, por elección o por circunstancias, de ayudas gubernamentales. Pobre también es aquel que trabaja como burro de carga y con lo básico para sobrevivir, sin lujo alguno, a duras penas puede poner comida en la mesa para sus hijos, un techo sobre sus hombros y ruega todas las noches por no tener una emergencia médica, enfermedad o accidente porque simplemente sabe que no tiene ni donde caerse muerto. Si, porque si usted mi amig@ ha tenido la bendición de no tener que enterrar a un ser querido aún, posiblemente usted ignore que se requieren al menos $3,000 - $5,000 dólares para enterrar a alguien. Entonces, tan pobre es el que trabaja y vive con lo mínimo sin que le sobre nada al final del mes como el que vive de asistencia gubernamental. Algunos debatirían y alegarían que estos últimos están en peores condiciones. Y sin ánimos de entrar en el debate, entiendo el reclamo. Siendo hija de dos empleados públicos en puestos básicos y habiendo crecido con momentos en donde no faltaba nada y momentos en que aunque no faltaba comida sobre la mesa no había para ningún antojo, gusto o diversión, realmente lo entiendo. Habiendo crecido en veranos en que no había para comprar una piscina para poner en el patio de nuestra casa aún con ambos padres trabajando, y ver como en los residenciales abundaban, entiendo el reclamo. No me molestaba que otros niños pudiesen disfrutar de eso, pero honestamente, era confuso en mi mente de niña, ver cómo gente que se supone era más pobre que nosostros, disfrutaba de lujos que nosotros no podíamos disfrutar. Ahora de adulta, aún no me hace mucho sentido.
Sin embargo, aunque muchos podemos entender que en nuestra clase trabajadora también hay pobreza, nuestro sistema, nuestro gobierno, no lo entiende. No este, sino a través de nuestra historia. Ante los ojos de nuestro gobierno sólo es considerado pobre aquel que básicamente no tiene ingresos y en ese cálculo nuestro sistema falla terriblemente en reconocer el costo de vivir tan siquiera de la forma más básica. Entonces, por esta razón, porque nuestro sistema sólo reconoce a aquel sin ingresos o prácticamente sin ingresos como pobre, es sólo a ellos a quienes se otorga total o parcialmente y en muchos casos de manera gratuita, a cambio de nada, las ayudas de vivienda, salud, subsidios de teléfono y hasta internet e incluso lo que ningún otro ciudadano de nuestro país recibe y hasta a los enfermos e incapacitados muy injustamente les cuesta y es imposible conseguir en muchas ocasiones. Una tarifa mensual ajustada con un tope fijo que permite, entre otras cosas, el uso y abuso indiscriminado de los servicios de agua y luz. El tener unidades de aire acondicionado y las cosas prendidas y conectadas todo el tiempo que deseen. Eso es una comodidad y un lujo que sólo los sumamente adinerados, porque lo pueden costear de su bolsillo tal vez sin que les duela, y en el otro extremo, aquellos con dichas ayudas, que son los únicos que nuestro sistema considera pobres pueden disfrutar de manera desmedida de esas comodidades en nuestra isla. Unos porque se las ganan, los otros porque simplemente les son regaladas. Y como bien dice un conocido refrán en nuestro país, lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta. En el medio, los que dejan el pellejo trabajando, quedan en los días de calor, amontonándose toda la familia en un solo cuarto para prender un solo aire y sólo cuando el calor es extremo. Se hace malabares para lavar la ropa y secarla al sol, el calentador se prende solo 15 minutos antes de que todo el mundo se bañe y se cambian todas las bombillas de la casa a las que consumen menos energía. En muchas ocasiones ni cable se tiene por aquello de ahorrarse hasta más de $1,200 al año. Y se vive estirando el peso, buscando los especiales para hacer compra y comprando a veces no lo que gusta, sino lo que se puede. Mirando este panorama, no es difícil entender por qué la clase trabajadora se molesta. Créanme que creo firmemente que todo país debe siempre buscar un sistema donde haya justicia social para todos sus ciudadanos, pero escoger con pinzas, superficialmente y sin mirar a fondo quién es pobre y quién merece esas ayudas mientras otros viven en igual o peores condiciones, no es justicia social. Otorgar recursos y ayudas a una parte de la población sin requerir ningún compromiso o beneficio a cambio para el país y negar esas mismas ayudas a quienes lo necesitan de igual manera y de por sí contribuyen con su sudor y esfuerzo día a día al crecimiento de nuestro país, en mi humilde y tal vez ignorante opinión, no es justicia social. Ver cómo unos ni siquiera se atreven a tener hijos o tal vez se limitan a tener uno a sabiendas de que a duras penas pueden sobrevivir ellos, mientras vemos cómo otros se reproducen sin control ni preocupación alguna porque viven bajo la certeza y tranquilidad de que el gobierno cubrirá las necesidades básicas de la cantidad de hijos que deseen tener, ante mis ojos, no es justicia social.
Del otro lado de la moneda, como mencionaba antes, estas ayudas las reciben los que no poseen ingresos, o al menos los suficientes dentro de los parámetros establecidos por el gobierno. En este grupo están los que escogen vivir así y los que circunstancias ajenas a su voluntad los han llevado hasta ahí. Y sí, jamás debemos olvidar que ta vez la rueda nos tenga en el lado de arriba o tal vez en el medio ahora mismo, pero un accidente, enfermedad crónica o mortal o simplemente, y más que nunca en esta economía, un despido nos puede llevar a la parte de abajo de la rueda. A la parte donde sin remedio, y viéndonos obligados a dejar de un lado nuestro orgullo y tratar de ignorar posibles sentimientos de humillación, tengamos que unirnos a las filas interminables de aquellos que por una circunstancia u otra, temporera o eternamente dependen de ayudas guberamentales para sobrevivir. Y sí, se que no es cómodo pensar en esto. Y no es cómodo porque bien adentro este pensamiento nos aterra. Y una de las razones por las que nos aterra es porque sabemos que entonces seremos considerados parte de “ellos“. Porque generalizar es la norma y no se hacen distinciones y seremos considerados, y lo peor, TRATADOS como la clase que tanto llamamos “vividora“. Y tal como vimos en el vídeo de la doctora, considerados menos ciudadanos, con menos valor, educación y derechos. Y se nos estrujará en la cara que debemos estar agradecidos porque a fin de cuentas estamos ahí recibiendo un servicio y si pagar... GRATIS! Ah, pero nadie pensará en los años en que servimos a nuestro país con nuestro esfuerzo y trabajo y las madrugadas para ir a coger tapón con el fin de ganarnos las habichuelas y componer algo en nuestro país. Los momentos preciosos que hemos perdido con nuestra familia.Y miren si tendemos a agrupar a todos bajo un mismo techo que si estamos en el supermercado y vemos a una persona joven, que parece saludable pagar con la Tarjeta de Familia, nos empieza a hervir la sangre al mirar su carrito de compra con artículos que tal vez nosotros no compramos en ese momento porque no podemos costearlos. Sin ni siquiera tomar en cuenta que a lo mejor esa persona está haciéndole la compra a un familiar enfermo, o que es una madre que tiene un niño con discapacidades severas que requiere su atención las 24 horas del día, o que tal vez esa joven o ese joven están haciéndole la compra a sus abuelos, quienes después de trabajar y servirle al país toda una vida, entre el seguro social, la pensión de su antiguo trabajo y posiblemente sumando los estragos de la viudez y perder la mitad de los ingresos del hogar, a duras penas tienen para pagar comida y sus medicinas. Y sí, se que estos casos no son los que tienden a enfurecer. Pero los pongo de ejemplo para que podamos ver, tal vez con un poco más de humanidad la realidad de que el que vive de ayudas del gobierno, por la razón que sea, tiene que crear una piel dura, y está sujeto a las miradas denigrantes, a los insultos, a ser considerado y en ocasiones tratados menos porque “no paga ni aporta nada“. Y lo resolvemos con un que se vayan a trabajar“. Y seguro, esto haría sentido si para empezar hubiese tantas plazas de trabajo, y para seguir, si en los trabajos más comunes y dónde más se puede acomodar gente, al éstos irse a trabajar no entrasen posiblemente a vivir en una peor situación y quedarse en la pobreza, pero en esta ocasión con más compromisos, menos beneficios y uniéndose a la clase pobre que a nadie le importa. Los que trabajan y a duras penas pueden sobrevivir.
Nuestro sistema promueve y perpetúa el que la gente dependa del mismo sistema. No promueve el salir de ahí. Al no distribuir las ayudas de manera equitativa y justa, no motiva o incentiva a salir del sistema de ayudas. Qué diferente sería si aquellos que trabajan pero aún así no logran ver el fruto de su sacrificio estuvieran tal vez un poco mejor con ciertas ayudas gubernamentales, aunque fuesen parciales. Que diferente sería para evitar estos juicios y diferencias abismales si tal vez, para recibir estas ayudas gubernamentales, fuese requisito trabajar o rendir servicio comunitario al menos 20 horas semanales. Bastante falta que hace mano de obra para pintar escuelas, cuidar personas de edad avanzada o enfermos, cuidar niños mientras sus madres estudian o trabajan, que bastante prohibitivo que es el enviar los niños a un centro de cuido y en ocasiones acaba resultando en sacar a las madres del mundo laboral. No porque lo deseen, sino porque no pueden con el empuje económico. También bastante falta que nos hace limpiar y mantener edificios gubernamentales, las calles y limpiar, pintar y devolverle la vida a parques públicos y canchas para que en vez de representar un peligro para nuestros niños, cumplan la función para la que originalmente fueron diseñados. Que diferente sería si para recibir esas ayudas fuese requisito cumplir con esas horas o que esa misma cantidad de horas se honre y se les cuente si la persona está estudiando, preparándose y esforzándose para echar pa’lante. Que diferente sería si estas ayudas fuesen, en vez de una regalía, una remuneración por el trabajo requerido para cualificar y recibir las mismas. Claro está, hay personas y casos en que sencilla y humanamente hay que hacer excepciones como en las personas de edad avanzada que ya sirvieron al país, como personas enfermas o aquellos cuyo trabajo es cuidar de un familliar que requiere asistencia todo el tiempo. Sin embargo, los jóvenes y los saludables y sin ninguna razón que les impida poder servir al país a cambio de estas ayudas, no deben ser remunerados a cambio de nada. No dársele todo a cambio de nada mientras que otros que se esfuerzan duramente carecen de ayuda alguna aún cuando la necesitan. Qué diferente sería si se promoviese la autogestión, y en vez de poner trabas, tropiezos y encarecer el poder abrir un negocito se facilitara el proceso, se incentivara ese esfuerzo y se pudiese lograr con prácticamente nada, en vez de tener que invertir en una máquina de Ivu Loto prácticmente hasta para que la señora de la esquina cosa par de uniformes, ruedos y haga dos o tres trajesitos al mes en vez de, frustrada por tanto gasto versus lo que puede realmente ganar, resignarse a unirse a las filas de asistencia gubernamental. Qué diferente sería si nuestro sistema proveyera y facilitara para que todos buscáramos una vida mejor, en vez de resignarnos a caer en los vicios del mismo.
Y reconozco que tal vez escribo esto bajo total ignorancia de algúna razón válida por la que esto no pueda o deba ser así. El trabajar y componer en nuestro país a cambio de ser ayudado no nos hace menos. Al contrario, equilibra el juego y nos hace a todos no sólo partícipes y merecedores de la ayuda que necesitemos, sino también responsables de la situación en que vivimos y el mantenimiento de las cosas que disfrutamos. Esto me parece no sólo justo, sino también necesario. Verán, Puerto Rico necesita manos. Necesita de nuestras manos para levantar el país que se nos cae encima. Manos para movernos hacia donde queremos como país. Manos, muchas manos, haciendo de todo tipo de trabajos. Manos para todos poder remar en una misma dirección, porque si el bote está dividido en dos bandos, y los de un solo lado reman y los otros no, seguiremos dando vueltas en el mismo sitio, y tal vez hundiéndonos un poco más. Tal vez más gente tratando de abandonar el barco, no porque quieran, sino porque llega un punto en que se trata de sobrevivencia, y los que quedan, se sentirán cada vez más agotados y desmoralizados de tanto remar sin llegar a ningún lado. Y si seguimos unos remando, mientras los otros se quedan de brazos caídos, los que por pura perseverancia y fé se queden, al final se darán cuenta de que están tratando de llegar a una isla prácticamente desierta.
Ojalá todos pudiésemos entender esto y de aquí en adelante remar juntos en la misma dirección, una de progreso, justicia y equidad para todos.

